martes, 18 de noviembre de 2008

Sobre lo saludable de desear imposibles

Misterio de salud



Hay que ser un niño pequeño, al menos una vez por semana.
Si se tienen 35, o 50 o 70 años o los que sean, no importa,
si se tienen 10 años tampoco,
hay que volver a ser un niño pequeño, de 2 o 3 años, y también un bebé al menos un momento, una vez por semana.

Hay que ser una persona madura, también, por lo menos
una vez por semana, si se tienen 5 o 75 u 85, 10 o 18 años.
Hay que practicar, ponerse en el lugar de otros, resolver asuntos,
sentirse responsable y activo, por lo menos
una vez por semana.

Viejo también. Anciano. Mirando la vida desde una terraza,
sonreír con lejanía, medio perderse distraídamente si una reunión es numerosa,
alejarse de los detalles del mundo,
eso también, por lo menos una vez por semana,
si se tiene cualquier otra edad.

Estas ideas se me ocurrieron en varios días.
El último fue cuando un matrimonio muy amigo vino a casa con su bebé de cuatro meses. Antes de irse algo lo incomodó y lloró con una vocecita tan pequeña como la de una hormiga sola, o la de un puercoespín bebé, perdido en un supermercado. Esto último es porque hay un chiste sobre una familia de puercoespines que entra a un supermercado, todos muy cortos de vista. El más pequeño se pierde del grupo y, metiéndose entre secciones, buscando al resto da con “jardinería”, choca contra un cactus y le pregunta: “¿Eres tú, mami?”.
Ese efecto producía la voz de Manuel.

Una noche antes, Delfina, una abuela de 95 años, estaba sentada cómodamente en un sillón, y noté que miraba con algo de confusión esa cantidad de personas que pasaban con vasos y platos por todas partes. Todos hijos y nietos, pero ya demasiados como para ubicarse. De modo que en su mirada se reflejaba un ligero apartamiento, un retirarse hacia adentro, como si al no podernos ir, físicamente, nuestro pensamiento hiciera unos pasos atrás, a algún lugar menos aturdido.

Una semana antes fui a un hospital a leer dos textos breves, en unas jornadas dirigidas a médicos. Se rieron hasta llorar de la risa. Pero ya antes estaba con mucha tranquilidad en lo que iba a hacer, a pesar de que todos eran adultos, y todos eran médicos (yo le tengo miedo a los médicos). Mi confianza se basa en un secreto, y es que sé que todas las personas, guardan profundas añoranzas con momentos de su vida, su juventud o su infancia. Es un secreto tan bien guardado que, en muchas ocasiones, ni quienes lo cargan lo saben. Es decir, ni quienes desearían volver por un instante a tal tarde o tal mañana en su propia vida, son consciente de hasta qué punto desean eso. Saben con tanta certeza de que no es posible, que ignoran que aún sabiendo que es imposible, lo desean.

Y es que las leyes del deseo son otras. Ni siquiera la de desear imposibles, sino, mucho más sencillamente: de que es posible desear algo imposible.
Por ejemplo: si deseáramos volar una noche, encima de nuestra ciudad o nuestro pueblo, sin aviones ni máquinas, simplemente volar una noche, solos o de la mano de alguien, volar, y aún sabiendo que es imposible, nos permitimos desearlo, ocurre que nos enteramos de algo que nos gustaría. Y eso es como una pregunta, y no hay que acallar ninguna pregunta.
Fíjate que a mí me gustaría volar una noche sobre mi pueblo.
¿Cómo las brujas?
Como los pájaros, o sí, también, como las brujas.
¿Y por qué?
Porque es hermoso, por curiosidad, porque me da placer.
A mí no, dice la otra persona, a mí me gustaría ser invisible.

Pues ocurre que no todas las personas deseamos las mismas cosas imposibles.
No es lo mismo el que desearía volar de noche, que el que desearía ser invisible.
Y he ahí que hasta en eso somos diferentes.
Amigos, saquen una hoja y escriban algunos deseos que saben imposibles. Luego comparen con las hojas de sus compañeros.

Regreso a las jornadas de ese hospital, aquel día.
De modo que mi tranquilidad se basaba en ese secreto.
Todos, aún quienes son tan realistas que no se lo confiesan a sí mismos, que no pueden reconocerlo, que son tan realistas que ni toleran hablar de eso que les gustaría tanto pues saben que es imposible, aún ellos anhelan algunos momentos de su vida.
De modo que me paré delante de todos los doctores, en ese hospital, y leí dos textos breves que los llevarían, a cada uno a su manera, a un momento de su vida.
Así fue que lloraron de la risa, volvieron y regresaron, y se sintieron aliviados, como si hubiera ido o, mejor aún: como si alguien les hubiera dicho “¿Verdad que, aún cuando sabemos que es imposible, sería hermoso volver a tal día?”. Y sus fantasmas divertidos salían de sus cuerpos, que distraídos se reían, y me daban la razón: “Vaya que sí estaría bueno”. Y nada más, y sólo eso. Y volvían ordenados y obedientes a sus cuerpos y sus delantales de médicos, laboratoristas, enfermeros, luego de haber hecho ese paseo verde y refrescante por el deseo.
Yo también viajo, cuando hago viajar, y regresé a mi casa.

Unos días antes había ido a visitar a un niña de 8 años que, súbitamente, comenzó a hacer movimientos involuntarios y al otro día ya no podía moverse. Sólo su brazo izquierdo, y esa mano, un poco el tronco, la cabeza y hablaba sin dificultad, si no estaba cansada. Una enfermedad causada por un estreptococo que ya había dejado su cuerpo, de modo que volvería a recuperar todos sus movimientos, pero ese regreso demoraría entre tres meses y un año. Su padre me llamó pues la niña se divertía con algunos de mis cuentos mientras estaba internada.

De modo que eso le dije a los médicos ese día, que debíamos cambiar la pregunta “¿Qué libros te llevarías a una isla o cuáles rescatarías de un naufragio? Pues todos sabemos que no iremos a una isla, ni naufragaremos. Mejor cambiarla por ¿Qué libros le leerías a tu hijo si estuviera internado?
Y así ver que la respuesta es completamente otra. ¿Qué libros le leerías a tu madre si estuviera enferma? ¿Qué libros le leerías a tu padre? ¿A tu hermano? ¿A tu esposa, tu esposo? ¿A tu mejor amigo, si estuvieran enfermos?

Visité a esa niña y, lo cierto, es que hasta nos reímos.
De modo, pensaba yo, que hay momentos en que los libros ayudan cuando uno ni siquiera se puede mover.

El caso es que todas esas experiencias, ideas y emociones estaban sueltas como las cuentas de un collar, rodando desordenadas dentro mío, hasta que el fino hilo de voz del llanto de Manuel, de sólo cuatro meses, las unió.
Al otro día desperté y escribí.

Uno debería ser un niño pequeño, al menos una vez por semana. ¿Cuán pequeño?
Tanto como cuando lloras de impotencia ante algo que escapa a tu control. Sea lo que sea.
Tanto como cuando sientes placer y protección como si te sostuvieran en brazos.

Uno debería ser una persona madura, al menos una vez por semana,
tanto como cuando te toca dar consuelo o sostén,
tomar las riendas en tus manos,
o disfrutar plena y poderosamente.
Al menos una vez por semana.

Y un anciano también, que se aparta dulcemente,
y ya cumplió con todas las labores y disfruta de su propia obra
incluso con algo de desprendimiento.
También, al menos, una vez por semana.

Más también, menos también; pero no: siempre menos, pero no: siempre más.

Luis María Pescetti

domingo, 12 de octubre de 2008

El blog como herramienta literaria

Soy Docente de Primaria.


En el aula de 7º grado contamos con 8 máquinas con Internet. Esto hace que usualmente usemos
la web para nuestras clases.

Hay una herramienta de Internet en particular que utilizamos como grupo. Esa herramienta es un blog.

Nuestro blog se llama “Voces del fondo”.

En él vamos volcando producciones literarias que los niños trabajan primero en la clase, luego de corregida la producción es tipiada en Word y posteriormente publicada en una entrada del blog.

La idea es que las producciones literarias, ya sean investigaciones, cuentos, instrucciones, críticas literarias, ilustraciones, sean publicadas y compartidas con el resto de los compañeros y con los lectores usuales o casuales del blog.

En un principio los niños no creyeron que el blog fuese a ser una herramienta que les fuese a gustar o interesar: lo suponían ajeno y además sostenían que nadie visitaría nuestras producciones.

Pero con el correr del tiempo quedó demostrado a través de los comentarios y del contador de visitas, que el blog era un espacio visitado y que con su estilo propio hasta a nosotros nos daban ganas de visitarlo una y otra vez.

Además los niños se apropiaron de este espacio al punto de reclamar la publicación de un trabajo en particular o de mejorar una producción para que el scanner pueda leer mejor la imagen.

Incluso, algunos niños trajeron ideas o textos para poder publicar algo aunque no fuera estrictamente literario o por gusto personal. Es decir que la socialización pasó a tener un sentido más para sus producciones, cosa que en sus historias escolares solo sucedió esporádicamente, y no usualmente (el verdadero sentido de la escritura sería justamente hacer pública la palabra)

A través del blog los niños aprendieron diferentes aplicaciones que esta herramienta posibilita: publicaron textos tipiados previamente en Word, pensaron títulos y etiquetas para relacionar entradas, subieron imágenes previamente seleccionadas y guardadas en carpetas, subieron videos de you tube, armaron videos con slide, entendieron que las producciones también pueden “subirse” a la máquina a través del scaneo, etcétera.

Pero lo más importante del recurso fue la importancia que tuvo para ellos producir, ya que el intercambio de trabajos no era solo de maestro- alumno, sino que sus palabras, sus ideas, sus dibujos, pasaban al ámbito de lo público, de lo compartido. Así, no solo el docente sería el destinatario de sus producciones, sino cientos de lectores que recorrerán infinitamente el blog.

El blog produce interactividad entre los creadores de los post y quienes los comentan, entre los lectores silenciosos, con los visitadores ocasionales.

Le da a la palabra un espacio privilegiado; el texto pasa a ser público, para todos. Esto logra que el escritor se sienta escritor con sentido y se esmere en lograr una transmisión de sus ideas legible, apropiada para que los demás entiendan.

Como maestra de Prácticas del Lenguaje, el blog resultó ser una herramienta cien por ciento productiva ya que con el correr de los meses la mayoría de los alumnos se mostró interesado en profundizar sus conocimientos sobre recursos de escritura para lograr no sólo aprobar el área, sino además, que sus textos logrados con esfuerzo y esmero sean publicados. Sean leídos. Sean valorados.

Por todo esto sostengo que el mejor de los recursos estuvo a nuestro alcance.

Es más, para mí como docente hay una antes y un después del blog: si trabajase en otra escuela, donde no hubiese máquinas en el aula, donde no hubiese Internet, igual, de todos modos, volvería a proponer un blog como un espacio de publicación.

Tengo la convicción de que Internet debe estar también con nosotros en el aula tanto como las carpetas de trabajo personal o un libro de texto.

Entonces, ya para siempre, involucraré el recurso de Internet como herramienta de trabajo, pues el futuro ya llegó al aula..

viernes, 10 de octubre de 2008

¿Para qué escribimos?


Porque aunque la lucha esté perdida de antemano, parece decirnos Soriano, igual vale la pena: porque dejaríamos de ser humanos si no hubiera entre nosotros esos locos geniales, dispuestos a apostarlo todo sabiendo que van a perder, y ganándose la eternidad en el acto mismo de jugarse. Eso es literatura.
De Ana María Shua,Un escritor anticuado
Imagen y texto tomado de http://literatops.blogspot.com/

sábado, 31 de mayo de 2008

Ser Mamá


Fue hace poco más de ocho años. Justo el día en que viajaríamos con mi esposo hacia nuestras vacaciones.

Un test de embarazo nos confirmó que el atraso tenía motivos concretos...

Siempre nos preguntamos en que momento apasionado llegó el asunto, pues no estaba en nuestros planes inmediatos... Al principio todo fue una gran incertidumbre, pues yo tenía muchos dolores y en debí hacer reposo. Donde fui no había ecógrafos disponibles, por lo que los médicos descartaron un posible “embarazo ectópico” con antiguas máquinas de ultrasonido... Y me indicaron reposo, con lo que nuestro viaje se limito a conocer en profundidad el hermoso hotel que nos hospedó en Camaguey...

Cuando volvimos, ecografía mediante, las palabras del amable obstetra que nos atendió por guardia fueron: - Esto esta mas para perderse que para tenerse.

Sentencia inolvidable, aunque para nosotros inentendible en ese momento. ¿Perderse? ¿Tenerse? ...

- ¿Y qué hago doctor?

- Reposo y volvé.

- ¿Pero cuando vuelvo, en tres semanas, seis meses o cuando?...

Creo que el doctor se apiado con esta frase unida a lágrimas. Entendió mi situación de madre joven y primeriza y comenzó a ser mas detallado en sus explicaciones...

Los resultados fueron formidables, hoy mi hija mira la T.V. mientras despliego mis recuerdos y veo su pequeña habitación que en su momento fue meticulosamente preparada para recibirla. Hoy tiene el estilo máximo de su encanto.

Fue dificil ser papás primerizos y casi sin bebes contemporáneos conocidos. Solo contábamos con el asombro de nuestros amigos o los recuerdos de nuestras respectivas madres y sus consejos (a los cuales el pediatra generalmente prefería que no tuvieramos en cuenta).

Recuerdo que, entre otros, el aspecto que más me impacto fue el de darle la teta a mi hija. Puedo ver ahora que antes de amamantarla por primera vez nunca entendí de que se trataba ese momento... Nunca entendí su inmensidad e importancia hasta que no me pasó a mi, hasta que sentí el sentimiento de una hija viviendo sus primeros años a expensas totales del cariño y el compromiso absoluto de sus papás, que ya desde entonces nunca mas dejaron de pensar en ella...

miércoles, 28 de mayo de 2008

¿Quién fui?

Recuerdo de mi infancia algunos juegos. Otros se han perdido en los espacios de mi memoria y no logro rescatarlos de allí.

Un juego que me gustaba muchísimo era el de armar “familias” con mis figuritas de brillantina. Este juego lo hacía en mi casa, exclusivamente. Tengo la vaga imagen de estar sobre una mesa grande, en el comedor o en la cocina.

Me pasaba horas clasificando las figuritas con dibujos de personas. En el dorso de ellas colocaba el nombre de pila que me pareciese y un número, que era algo así como el apellido. Armaba historias que sucedían entre cada familia, pero también hacia interactuar a las distintas familias entre sí. Hasta las figuritas de animales tenían un lugar dentro del juego, pues eran las mascotas de las familias. Este era un juego solitario, que no compartía con nadie. No había intervención adulta; es más: casi la totalidad de mis figuritas las obtuve por amigas o vecinas que me iban dando las que a ellas les parecía. Sólo una vez mi mamá me compró una plancha de figuritas con nenas, que por supuesto inmediatamente pasaron a conformar una gran familia. Creo que los adultos que me rodeaban no le daban la importancia a ese material que para mi tenía: yo estaba horas y horas jugando con las figuritas, pero no recuerdo que nadie haya preguntado que hacía o que haya compartido mi afición por ellas.

Las figuritas son para mi significativas pues aún las conservo. Fue después de mucho tiempo que las he encontrado y esto me permitió recordar momentos muy agradables. Fue muy grato poder compartir este material con mi esposo y mi hija, pues pude contarles aspectos sobre mi niñez que no hubiesen sido fáciles de transmitir sin este material.

Otro juego que recuerdo, y de éste no hay material concreto, es el de “La Mujer Maravilla”. Recuerdo que estaba en el preescolar. En la sala había una pared verde claro y una puerta con vidrio traslúcida. Mis compañeras y yo nos escondíamos detrás de ella y girábamos diciendo “La mujer maravilla”. Salíamos de detrás de la puerta y “luchábamos” contra los varones, que eran algo así como villanos a los que teníamos que combatir.

Este juego me despierta hoy mucha ternura. Recuerdo que dábamos esa vuelta con mucha convicción. Era como si realmente cobrábamos valentía al transformarnos en mujeres maravillas.

A veces buscábamos objetos para ponernos de cinturón. El personaje de la Mujer Maravilla estaba muy de moda en ese momento. Creo recordar que ella se transformaba en esa mujer girando en lugares ocultos, como nosotras hacíamos.

Este juego quedó en mi memoria. A veces viene cómo ráfagas. Es que era tan grato sentirse fortalecida por esas vueltas “mágicas “ que hacíamos cuando los villanos nos molestaban… Creo que este recuerdo fortalece en mi la mujer valiente que puedo llegar a ser, porque hoy sé que podía “luchar” contra “el mal” aún sin ser la mujer maravilla. A los cinco años creía que esa vuelta mágica realmente me daba los poderes necesarios. Hoy se que no era la magia lo que me hacía valiente. Era mi propia convicción. Y hoy, adulta, a veces necesito reforzar esa misma convicción para afrontar variadas situaciones que atraviesan mi cotidianeidad.

martes, 20 de mayo de 2008

Aquí llego.


La literatura está presente en nosotros desde siempre. Hay quiénes se contactan con grandes autores desde pequeños, hay quiénes hojean las revistas que han dejado por ahí otras personas. Pero TODOS nos construímos como lectores, cada uno desde sus posibilidades. Entonces, este espacio es para TODOS. Gracias por compartirlo.
Y gracias al Verdugo por su insistencia.