sábado, 28 de enero de 2012

Dieciseis primaveras


Ya lo sé: voy a extrañar.
Y lo digo sólo hoy,
por vez primera y última,
por única vez.
Porque después,
después no volveré a tenerte nunca.
Y voy a necesitar
trescientos setenta y cinco días
para pensar
en otra cosa.

Contradicciones


Te quiero. Pero no...
No te vayas, no te vayas y sí, por favor...
A pesar de todo andate. Mejor no.

14 de septiembre de 1989
9:50 horas

T omo distancia porque así
Es más fácil mirarte
Y saber que dolés
Bien fuerte.
Tomo distancia entre
Las teclas y mi corazón,
Para no verte y silenciar palabras
Y momentos
Que ya
Ya
No quiero.
La soledad se avecina,
Inevitable,
Para mí con
Respecto a vos
Y
Para
Vos
C
O
N

Res pecto
A
M í .

Atentado



Se escuchó un eco de pronto
Y luego,
Despacio,
La soledad.
Las paredes
Todavía caen.
La bomba
Resuena
En los oídos sepultados.
Vidas
Que tienen y no que ver
Con esta realidad
Del maldito trueno
De las cuatro de la tarde.
Silencio ahora:
Suenan los gritos
Y el eco de ese fuego.
A cada uno le duele lo suyo.
Y a mí.
17-03-1992

Permiso


Permiso.
Este es mi silencio. También tuyo.
Después, mucho después,
En esta paz,
Digo perdón.
Este amor fue maravilla
Y te doy las gracias
De tenerte junto a mí,
De que me tengas
Tuya
Mío
No es nuevo decir
Te amo
Pero sabés,
Sé que sabés,
Es necesario.
En este silencio
De muchos soles
Puedo verte
En los reflejos del aire.
Y te tengo,
Efímero.

Estás.


Estás ahí, solo.
Luchás tus verdades.
El cielo no es celeste, pero sí por suerte,
tu alma.
La verdad es negra y lucha contra tus verdades.
Tu razón es un muro en el que chocan los despiadados.
Tu corazón guarda la verdad del mundo.
Lo escucho en tus gritos.

miércoles, 29 de abril de 2009

Mundos de aquí y de alla




Estamos insertos dentro de un mundo complejo. Entonces, podríamos decir que cada uno de nuestros días se relaciona con ello.
Trabajo en la Escuela Ponciano Vivanco. Nunca había escuchado ese nombre hasta el mismísimo momento en que el destino me dirigió hasta aquí.
A partir de entonces, soy de “la Ponciano” y seguramente, ya nunca dejaré de serlo. No importan los traslados, las titularidades ni los cargos por mayor jerarquía. La Ponciano llegó para quedarse.
La escuela Ponciano Vivanco queda en el barrio de Lugano (la vereda de enfrente es el barrio de Mataderos). Estamos situados a dos cuadras de la Villa 15, conocida como “Ciudad Oculta”.
Nuestra comunidad esta formada en un noventa y cinco por ciento con niños de allí.
La Escuela es de jornada completa. Convivo ocho horas del día, cinco veces por semana, con estos niños a los que a veces veo más que a mi propia familia.
Aún así, una y otra vez, cada día, vuelvo aquí con convicciones renovadas, con energía recargable para retomar los infinitos caminos posibles de cada jornada.
Vengo aquí porque es mi rol el educar, el transformar, el recrear cuestiones.
Pero lo que me trae una y otra vez es la convicción de que este es el lugar donde quiero estar haciendo mi labor.
Cada día de trabajo da una cantidad de vivencias que suman y restan por momentos, pero que siempre nos ofrece la oportunidad de crecer y mostrar que mil veces vale la pena trabajar incansablemente para lograr las metas.
El quehacer docente es renovador, enriquecedor, nos quita y no da energía permanentemente.
Cada jornada atendemos innumerables cuestiones: ¿quién lleva la bandera? ¿Ya fuiste ayer? ¿Quién reparte el desayuno? ¿Quiénes estamos hoy? Vaya el abanderado a practicar con el profe de educación física. Sí, vaya al baño. ¿Te llevaron al doctor? ¿Desde cuándo te duele? Si te olvidaste el libro yo tengo otro. La tarea era para hoy, ¿no miraste la agenda? No discutan, no se peguen, ¡escuchen! ¡Trabajen! ¡Hagan silencio mientras él lee! Sí, después compartiremos la torta de tu cumpleaños. Después te doy el vuelto de la cooperadora, gracias por tu carta, yo también te quiero mucho, salgan al recreo con cuidado, no empujen. Trátela bien a ella, apúrese que tengo turno de patio… Y cien mil frases más posibles, cien mil momentos compartidos.
Nuestro quehacer queda plasmado a veces en acciones y palabras. Entonces cuando uno cree que ya nada se entendió, justo en ese momento llega el alumno que menos tareas realiza y te dice el resultado de esa cuenta que a nadie le da.
Ese otro alumno que siempre pega golpes a otros te avisa que algo le dio bronca y que esta vez quiere avisarte antes de darle patadas a la nena que lo molestó. Te da la oportunidad de intervenir con palabras y no con los acostumbrados golpes de cada día. O la niña callada que no intercambia ideas ni conocimientos te llama aparte y te pide hablar en la puerta del aula para decirte lo más importante que tenía para decir, el mayor secreto.
Cada día en la Escuela Ponciano no queda guardado en ella. Uno transporta en el colectivo que vuelve a casa las miradas, los recuerdos, las anécdotas de ese día difícil o gran día por el que transitó.
Uno se lleva los besos de la despedida, la nostalgia del hasta mañana, la expectativa de lo que vendrá. Tal vez mañana algo salga mejor, tal vez llegué lo que uno no espera. Pero lo construido se instala y uno no solo se transforma en un docente con nuevos recursos, nuevos pensamientos y mayores herramientas pedagógicas para afrontar mil y una vivencias. También uno crece como un ser humano mejor. Justamente porque estamos insertos en un mundo complejo.