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lunes, 30 de enero de 2012

Asesinos

Algunas bestias del destino se apoderan de la suerte esta mañana. Las banderas argentinas flamean a media asta declarando un duelo nacional.
Las bestias todo lo pueden. También pueden pertenecer a este mundo. También podrían ser felices, pero no lo creo. Los pienso inmundos y valientes de miseria, los creo aún más peligrosos que la más peligrosa víbora venenosa de esta tierra. Esta tierra que no les pertenece ni les pertenecerá nunca. Esta tierra donde son pequeños, tan insignificantes como una mínima partícula, apenas una sola partícula de polvo desafiando a los mares, desafiando a los sueños, sueños de mares de oxígeno llenando las calles, dejando a la partícula tan pequeña y sola, dejándola inmóvil, innecesaria. Entonces la partícula ya no existe. Ya es otra vez la nada en este universo.
El cielo está gris por las almas grises, almas con humo, almas desgajadas, sin victorias, bocas con nada por decir  porque el espanto de sus sombras las vuelven mudas.
Estamos divididos, estamos solos. Es inmensa la noche que llevamos por dentro. Estamos tan estáticos frente a la hipocresía. Estamos firmes, como estatuas que miran lo eterno para siempre.
Estamos frente a todo lo que merece ser nuestro. La indiferencia tiene que quedar de lado. Sería un paso menos para poder ser mejores.
Debemos enseñarle a nuestros hijos lo que mejor sea para ellos. No deberíamos entregarles ni un solo dolor, ni el más mínimo. El dolor de la injusticia, el dolor de la trampa debe llevarse lejos, hasta transformarlo y hacerlo inexistente.
Tenemos que encontrar el modo de entremezclarle las cartas a nuestro demonio hambriento. Que nuestros hijos no sueñen rencor. Que el fuego de locura no queme sus manos, las manos deben construir, y se las necesita sanas. Las manos deben acariciar. Los pies deben crear caminos.
Queremos palabras que no hablen de odios.
Puede ser que la vida no sea muy fácil, pero nada es más difícil que la muerte.
                                                  

miércoles, 29 de abril de 2009

Mundos de aquí y de alla




Estamos insertos dentro de un mundo complejo. Entonces, podríamos decir que cada uno de nuestros días se relaciona con ello.
Trabajo en la Escuela Ponciano Vivanco. Nunca había escuchado ese nombre hasta el mismísimo momento en que el destino me dirigió hasta aquí.
A partir de entonces, soy de “la Ponciano” y seguramente, ya nunca dejaré de serlo. No importan los traslados, las titularidades ni los cargos por mayor jerarquía. La Ponciano llegó para quedarse.
La escuela Ponciano Vivanco queda en el barrio de Lugano (la vereda de enfrente es el barrio de Mataderos). Estamos situados a dos cuadras de la Villa 15, conocida como “Ciudad Oculta”.
Nuestra comunidad esta formada en un noventa y cinco por ciento con niños de allí.
La Escuela es de jornada completa. Convivo ocho horas del día, cinco veces por semana, con estos niños a los que a veces veo más que a mi propia familia.
Aún así, una y otra vez, cada día, vuelvo aquí con convicciones renovadas, con energía recargable para retomar los infinitos caminos posibles de cada jornada.
Vengo aquí porque es mi rol el educar, el transformar, el recrear cuestiones.
Pero lo que me trae una y otra vez es la convicción de que este es el lugar donde quiero estar haciendo mi labor.
Cada día de trabajo da una cantidad de vivencias que suman y restan por momentos, pero que siempre nos ofrece la oportunidad de crecer y mostrar que mil veces vale la pena trabajar incansablemente para lograr las metas.
El quehacer docente es renovador, enriquecedor, nos quita y no da energía permanentemente.
Cada jornada atendemos innumerables cuestiones: ¿quién lleva la bandera? ¿Ya fuiste ayer? ¿Quién reparte el desayuno? ¿Quiénes estamos hoy? Vaya el abanderado a practicar con el profe de educación física. Sí, vaya al baño. ¿Te llevaron al doctor? ¿Desde cuándo te duele? Si te olvidaste el libro yo tengo otro. La tarea era para hoy, ¿no miraste la agenda? No discutan, no se peguen, ¡escuchen! ¡Trabajen! ¡Hagan silencio mientras él lee! Sí, después compartiremos la torta de tu cumpleaños. Después te doy el vuelto de la cooperadora, gracias por tu carta, yo también te quiero mucho, salgan al recreo con cuidado, no empujen. Trátela bien a ella, apúrese que tengo turno de patio… Y cien mil frases más posibles, cien mil momentos compartidos.
Nuestro quehacer queda plasmado a veces en acciones y palabras. Entonces cuando uno cree que ya nada se entendió, justo en ese momento llega el alumno que menos tareas realiza y te dice el resultado de esa cuenta que a nadie le da.
Ese otro alumno que siempre pega golpes a otros te avisa que algo le dio bronca y que esta vez quiere avisarte antes de darle patadas a la nena que lo molestó. Te da la oportunidad de intervenir con palabras y no con los acostumbrados golpes de cada día. O la niña callada que no intercambia ideas ni conocimientos te llama aparte y te pide hablar en la puerta del aula para decirte lo más importante que tenía para decir, el mayor secreto.
Cada día en la Escuela Ponciano no queda guardado en ella. Uno transporta en el colectivo que vuelve a casa las miradas, los recuerdos, las anécdotas de ese día difícil o gran día por el que transitó.
Uno se lleva los besos de la despedida, la nostalgia del hasta mañana, la expectativa de lo que vendrá. Tal vez mañana algo salga mejor, tal vez llegué lo que uno no espera. Pero lo construido se instala y uno no solo se transforma en un docente con nuevos recursos, nuevos pensamientos y mayores herramientas pedagógicas para afrontar mil y una vivencias. También uno crece como un ser humano mejor. Justamente porque estamos insertos en un mundo complejo.